Acabo de levantarme. Son casi las dos de la tarde y estoy en mi casa. Hay cuatro condones usados tirados sobre la mesita de noche y a mi lado descansa el cuerpo de una aun dormida chica jovencita. No he querido preguntarle la edad porque hay cosas que es mejor no saber nunca. Yo tengo cuarenta y seis años y ningún escrúpulo. Y eso es así por una historia que recuerdo cada vez que me levanto a las dos de la tarde con una chica quince, veinte o más años menor que yo.
Todo empezó cuando tenia diecisiete años y como sucede en estos casos, esta historia habla del primer polvo que eché. Recuerdo ir con Juliancito de bares y discotecas con la experiencia que da el llevar ya un par de años haciendo lo mismo una y otra noche día sí, día también. En esa época no me tenía que preocupar por el dinero ni por nada, porque mis padres aun no me habian echado de casa y no había repetido lo que por entonces era COU por cuarta vez.
Íba, como decía, con Juliancito, un buen colega muy cabrón que ya había echado su primer polvo hacía año y medio con la Laura, la tía buena de clase. Joder, como le gustaba al muy cabrón contarnos la historia con pelos (muchos pelos, al parecer Laura aún no había descubierto la depilación genital ni las tijeras de poda) y señales. Eran cerca de las dos y media de la noche e íbamos totalmente mamados, pero no borrachos. Teniamos ganas de juerga y yo llevaba un calentón especial.
Pasamos por delante del Monty’s, un garito para treintañeros. Los garitos de treintañeros son esos a los que van los de cuarenta para arriba, porque los de treinta estan intentando pillar en los de veinte o menos. Como yo tenía el calentón que tenia, Juliancito me dijo que entraramos allí, que habiendo las tias que había, seguro que podía follar si quería y a veces había hasta buen material. Como yo ya no pillaba nada de forma coherente asentí y entramos.
Al momento fuimos asaltados por un grupo de cuarentonas pasadas de vuelta insatisfechas porque sus maridos ya no rendian o se iban de putas demasiado a menudo. No recuerdo mucho más, salvo que una pelirroja decidió que se me llevaba a casa y a mi, que llevaba varias copas de más, me pareció que estaba suficientemente buena. Además, tal y como me dijo Juliancito, seguro que tendría mucha experiencia. No se equivocaba, fue el polvo de mi vida. Tuve dos o tres asaltos con varias posturas distintas y acabé extenuado, dormido al instante, feliz por todo lo que había vivido en una sola noche.
El problema vino al despertarme a la mañana siguiente. La cama, la mesita, el armario… todo me resultaba tremendamente familiar y aunque la resaca me estaba golpeando la cabeza con un martillo de doce kilos, casi se me pasó al instante cuando giré la cabeza y vi a la mujer que tanto goce me había dado.
Efectivamente, el mejor polvo de mi vida me lo dió mi madre, de la que siempre había pensado que estaba muy buena, pero que al fin y al cabo era mi madre. Ella no lo sabe porque me fui de la habitación muy rápido. Tuve muchos pensamientos a partir de entonces, referentes a mi, a mi padre, a mi madre y al sexo en si.
Ahora, cada vez que me levanto a las dos de la tarde acompañado de alguna chica quince o veinte o más años menor, lo primero que hago es mirar que no sea mi hija. Luego me acuerdo de que desde aquel dia soy un bastardo hijo de puta y que nunca me he casado ni he tenido hijos y me siento mejor. Por eso no tengo escrúpulos. Porque soy literalmente un bastardo hijo de puta.