Tengo agujetas en el culo y espero que os deis cuenta de que todo lo que escribís en el Facebook, algún día lo leerán vuestros hijos.
Estoy obviando que moriréis vírginales, pero de sueños se vive.
Tengo agujetas en el culo y espero que os deis cuenta de que todo lo que escribís en el Facebook, algún día lo leerán vuestros hijos.
Estoy obviando que moriréis vírginales, pero de sueños se vive.
- Federico Montes (48 años, frutero) nunca ha amado a su mujer y solo se corre al consumar el matrimonio con ella si piensa en adolescentes, a pesar de que lo hacen a pelo. Es muy putero y siempre paga extra para hacerlo “sin”.
- Clara Cano (46 años, masajista) es menopáusica y ama a su marido, Federico Montes, locamente, pero no puede evitar fornicar con aquellos yogurines de alrededor de 30 años que vienen a recibir masajes; eso sí son pollas duras. Luego se siente mal.
- Pedro Montes (23 años, estudiante de cine) se harta de follar en la facultad durante el curso y, de vez en cuando, practica sexo oral con su hermana. No sabe que es estéril, por lo que aunque no suele ponerle el hábito al monaguillo no ha provocado ningún bombo.
- Yolanda Montes (15 años, estudianta) perdió la virginidad con un cubano que trabajó en la frutería hace un par de veranos, cuando ella echaba una mano. Desde entonces no ha dejado de follar con un tipejo diferente cada semana. Solo ha usado condón una vez en la vida y se rompió antes de que pasaran tres minutos.
- Susi Pérez (17 años, panadera de barrio) quiere ser actriz de cine y está dispuesta a cualquier cosa para ello, por eso se deja follar por Federico Montes, que le ha prometido presentarle a un director de cine. Además, desde hace 5 o 6 años le pone mil de cachonda ver al señor Montes deseándola cuando va a comprarle plátanos. Sobra decir que nunca ha usado un condón.
- Horacio Requena (34 años, cubano inmigrante) trabajó hace un par de veranos en la frutería Montes y es portador del SIDA desde hace 7 años aunque no lo sabe. Suele frecuentar a Clara Cano, a la que le encanta que se le corra dentro.
Adivinen cuál de ellos aún no tiene SID… OH WAIT!
Siempre pensé en la solitud
como en una cosa negativa,
la ausencia de compañía…
pero siempre como algo temporal.
Pero ahora, cada día descubro
que era mucho más que eso:
oprime y encoge el espíritu,
deforma la visión del mundo.
Es la oscura presencia
que me mina los nervios,
me muestra mi falta de defensa
y se ríe de mi abandono total.
Me hace sentir como un átomo,
a la deriva en un mar infinito.
Y busca la menor ocasión
para hendir en mí el terror.
La ausencia de tu compañía
me entierra cruelmente en vida.
Tú dejaste mi alma rota
y no hay manera de enmendarla.
He buscado en cada nueva boca
la embriaguez de tus labios.
He buscado en cada nuevo día
el brillo de tu melena rubia.
Y transcurro los días pensando
en como deshacerme del malvado,
el desgraciado que nos separó.
Mi único deseo es enterrarlo.
Porque la única esperanza
para volverte a tenerte, mi amada,
es un hígado compatible.
Mi querida cerveza.
Dedicado a todos los borrachos que se han destrozado el hígado antes de los 25 años.
Lou Bega, editor de Undead Monkeys, se hallaba sentado frente a su ordenador editando artículos enfermizos cuando su mujer lo llamó cariñosamente para que fuera a la mesa a comer. “Trabajo de mujeres”, pensó (nota para la mujer de Lou Bega: Lou Bega suele decir eso a tu espalda, pero solo lo piensa de verdad nueve de cada diez veces, no se lo tomes a mal). Se lavó las manos en el lavabo y se sentó frente a la comida mientras esperaba que su mujer saliera de la cocina y se sentara también. Curiosamente, el comedor estaba iluminado tan solo con la luz de una vela situada en el centro de la mesa.
Cuando su mujer salió de la cocina, la entrepierna de Lou Bega creció sensiblemente al observar que su vestimenta consistía en un corsé y unos ligueros. Unos instantes después miró más arriba y descubrió que estaba casado con su abuela. Dos segundos más tarde le inundaron un horrible hedor y una especie de “chof” caliente y pegajoso que notaba en sus nalgas mientras se prometía no volver a cambiar el orden temporal de los Microrrelatos. Esa noche, solo uno de los dos comensales llegó al orgasmo.
-¿Follamos?
…le preguntó el conejo a la coneja un segundo antes de eyacular en su vagina y perder el conocimiento.
Eliakim nunca pensó que esto se le pudiera haber ido de las manos de tal manera. Todo empezó aquella tarde cuando, después de haber bebido varias copas de coñac mientras jugaba al remigio en aquel bar donde solo servían mierda, oyó en la televisión que el gobierno de Kansas había aprobado una nueva ley por la que se obligaba a enseñar el creacionismo además de la teoría de la evolución natural de las especias.
Se acordó de los nueve años que ya llevaba estudiando Biología en aquella facultad de mierda llena de negros sectarios y de mejicanos homosexuales. Solo le faltaba eso, se acordó del último cambio de plan de estudios que le había cogido siete años atrás y vomitó todo el coñac de su estómago sobre la mesa. Ahora todo era negro. Aquella especie de aceite de coche requemado que había salido de su boca había pringado las cartas y a dos de sus tres compañeros. Incluso su camiseta de dos koalas teniendo sexo había quedado jodidamente negra.
A partir de ahí todo transcurrió muy rápido: antes de que se diera cuenta, uno de sus compañeros le soltó un puñezato en el vientre y el otro le lanzó la mesa encima. Un negro pasó por su lado y le escupió encima, luego dos mejicanos se masturbaron compulsivamente sobre su cuerpo retorcido y su boca sedienta de oxígeno. El resto de maricones del bar se limitó a echar alguna ojeada y luego Eliakim perdió el conocimiento.
Despertó ya de noche al lado de los contenedores de basura del bar. Tenía hambre y rebuscó las sobras de la mierda del bar en uno de los contenedores. En un par de minutos encontró un puñado de espaguetis mohosos; realmente le dio asco, pero pensó que no podía ser peor que aquella vez que se había despertado en la residencia de estudiantes con la polla de un mejicano en la boca. El regusto del coñac le volvió a arder en la garganta y vomitó de nuevo. Mejor que se comiera aquellos espaguetis apestosos antes de que el estómago saliera por la boca; se los acercó a la boca y entonces hablaron. Joder. Se puso el puño lleno de espaguetis a la altura de los ojos y le volvieron a hablar. “¡No lo hagas, mesías!”, Aquellos espaguetis se movían a la vez que hablaban, e incluso le pareció ver un par de puntos brillantes, cuales ojos.
Eliakim siempre fumaba caballo antes de un examen, pero esto era demasiado, esto se salía de la raya. Ni siquiera aquella vez que esnifó tres rayas de cocaína en el escote de un mejicano transvestido había tenido tales alucinaciones. Decidió darle una oportunidad a aquella bola mohosa, que tras quince minutos de conversación lo convenció de adoptarla tras prometerle que conseguiría que ningún otro negro le mirara por encima del hombro.
Casi una hora más tarde, Eliakim entró en la habitación que compartía con dos sucios mejicanos. Le escupió al que había en la parte de abajo de su litera mientras se acordaba del desagradable sabor de su entrepierna; luego tiró la bola de espaguetis sobre su cara y se puso a dormir en la cama de arriba.
Cuando despertó por la mañana y saltó de la cama, vio que en el lugar del mejicano tan solo había la misma bola de espaguetis del día anterior. Eliakim habría jurado que aquella masa de pasta había doblado su tamaño. “Me he comido al de la piel sucia.”, le dijo la bola de pasta, que entonces saltó de la cama y, de dos saltos más, se colocó sobre el otro mejicano que tan mal le caía a Eliakim. Todos le caían igual de gordos. Entonces presenció como la masa de espaguetis metía sus propios espaguetis por las vías respiratorías de aquel ser despreciable, el cuerpo se convulsionó durante varios minutos mientras él, observando la escena, se frotaba el pene a través de los calzoncillos. Unos minutos más tarde, aquel monstruo empezó a despedazar el cadáver mientras hacía un ruido que le recordó a Eliakim aquella vez que le había comido el coño a una prostituta cincuentona, esto se la puso dura del todo y entonces se la sacó y se masturbó hasta correrse dando bocanadas de aire. Un par de horas más tarde ya no había mejicano, y la bola de espaguetis había vuelto a crecer.
A partir de ahí, es cuando todo empezó a ir mucho más rápido. Se bebió la media botella de vodka que le quedaba en la habitación y se llevó a su nuevo amigo a aquel bar donde solo servían mierda. Esa parte no la recordaba demasiado bien, hubo gritos y cristales rotos e incluso un grupo de unos pocos mejicanos que se empezaron a chupar las pollas unos a otros, que es lo último que hicieron antes de que la bola de pasta se los comiera. Cuando todo eso había acabado, la bola de espaguetis, que ahora era tan grande como él, se le acercó y le volvió a dedir que ninguno más de aquellos apestosos humanos mugrientos le volverían a molestar. Salieron del bar y la bola de espaguetis empezó a comerse a los negros y mejicanos de tres en tres, luego de cinco en cinco, y cada vez más a medida que crecía.
Cuatro horas más tarde y muchos periodistas indigestos después, una bola de espaguetis de treinta metros de diámetro con un borracho encima sobrevolaba el campus universitario, ahora desierto. En otras doce horas, al anochecer, Eliakim, que ahora volaba sobre una masa de espaguetis de setenta kilómetros de diámetro con apéndices treinta veces más largos, se había proclamado soberano del estado de Kansas después de que su bola de pasta se comiera a todas las personas que no fueran mujeres blancas sin obesidad mórbida.
Cuando Eliakim se despertó al día siguiente, su bola de espaguetis, o sea él, ya controlaba todo el territorio de Estados Unidos menos California. A su masa de pasta se le hacía realmente difícil comerse a aquellos gordos con camisas de flores que había en California, pero solo era cuestión de tiempo.
Joder, definitivamente todo aquello se le había ido de las manos. Se había cargado a decenas de millones de personas y ahora todas las mujeres blancas sin obesidad mórbida, que eran las únicas supervivientes, le llamaban “El Pastafari”. Se le había ido de las manos, de repente era el único hombre de aquel sucio país y además era su soberano. Sí, se le había ido de las manos y le encantaba. Eliakim sabía que nunca más tendría que pagar por follar ni volver a despertar con la polla de un mejicano en la boca gracias a aquel monstruo de espaguetis volador.
Entonces Eliakim se despertó y volvió a sentir en su boca el gusto de la polla del mejicano que dormía en la cama de abajo.
Sé que no es lo normal que pongamos vídeos, pero las búsquedas de Google así lo reclaman. Así que, mis pequeños bastardos, disfrutad de este bonito documental donde un bonito mono, que pudiera ser cualquiera de vosotros. le viola la boca y el culo a una cabra con orejas de Jar Jar Binks.
¿Pero con la polla dentro o fuera?