George era un tipo cualquiera, un don nadie. Vivía una vida tranquila como vendedor de flores en la floristería de su padre. Era un tipo sin aspiraciones en esta vida más allá de vender flores.
Por eso su mente aún no podía entender como se sentía atraído por ese bar…
George vivía en Kerens, Texas, y la floristería estaba en las afueras de Corsicana, así que todos los días tenía que coger la 31 para ir a trabajar. El “Blown up Pussies” siempre había estado allí. Azotándolo. Con sus camiones fuera y sus cristales oscuros. Ese sitio le daba miedo. George, toda su puta vida había sido un miedica, un cagado y ese bar le ponía la piel de gallina, por eso no comprendía como había tenido valor para cruzar el umbral…
Por dentro, ese tugurio era aún peor… Olía a perro mojado, estaba sucio y el humo y el ambiente cargado se trenzaban formando una danza mortal para los sentidos de George. Había tres personas en el local: un camarero viejo y obeso, con una pierna de madera y las uñas negras como el azabache, un hombre pequeño y enjuto bebiendo y la pequeña Daisy. George conocía a Daisy, era de Kerens. Habían ido juntos al instituto, pero ella no lo conoció. George había cambiado mucho; ya no era el pequeño Georgie, ese niño gordo…
George se sentó en una de las mesas del fondo del bar, pensando qué podía tomar que no le sentase mal antes del trabajo. Se le acercó el viejo:
- Hijo, has venido en un mal día, será mejor que te vayas.
- ¿Por qué? - pregunto George - Tan sólo quiero una soda y en cinco minutos me largo, amigo.
- Cinco minutos, no quiero que estés por aquí cuando los “Acid Dragons” entren por esa puerta. Limpiando y reparando mesas ya pierdo casi todo el día; no quiero tener que enterrar el cadáver de un lechuguino ignora-consejos.
George se bebió la soda. Miraba a Daisy y recordaba sus dulces días de instituto… Mierda, ¿por qué había acabado siendo un tipo de mierda? Apuró los últimos tragos de soda y se levantó… En ese mismo momento se abrió la puerta.
Tres tipos albinos, vestidos con cuero verde y con cara de haber matado a sus madres para violar sus cadáveres entraron en el local. El que parecía el cabecilla se acercó al viejo.
- ¡Vengo a buscar lo mío, viejo cabrón! - dijo la bestia albina.
- Daisy no está en venta, ya te lo dije. No me gustaría tener que matarte aquí mismo, hijo de la gran puta.
- Bien, viejo, tu te lo has buscado. ¡Amadeus! Prende fuego al local, quémalo todo, que se entere este hijo de perra lo que realmente cuesta meterse con los “Acid dragons”.
George era un miedica, por eso estaba asustado. Muy asustado. Y los animales asustados son peligrosos. Y George era ese tipo de personas que tienen una maldición encima: la gente los ignora. George desprendía una especie de aura de “soy una mierda, ignórame” que superaba todos los niveles.
George se levantó, aún no sabía bien por qué. Su padre, años antes le había regalado una bonita navaja suiza que le iba de perlas para cortar los tallos de las flores. Adoraba cortar tallos… le relajaba. Por eso se imaginó que los tres tipos altos eran tallos enormes esperando ser cortados por su navaja suiza.
Ninguno de los tres le vió venir. George nunca había pinchado a nadie, pero lo que hizo le pareció del todo natural, tan solo eran tallos. El albino llamado Amadeus fue el primero en caer, su riñón izquierdo estaba muy destrozado. El otro segundón cayó acto seguido golpeado por una botella de bourbon que el viejo le tiró.
El líder de la manada de “dragones albinos” fue el último en caer. Y cayó luchando. Le propinó una patada en la cara a George, pero George ya se había clavado pinchos de alguna flor anteriormente; y cuando esto pasaba siempre se enfadaba y acababa cortando el tallo entero con mucha mucha ira. Así actuó esta vez. Como si de una pequeña rosa se tratase, el cuello del bastardo blanco se abrió como una boca manchándolo todo de sangre. George se sentía liberado… Grande, alguien por una vez en la vida…
- Hijo… ¡Hijo! ¡Para ya!… ya están muertos -dijo el viejo- deja de cortar, que ya lo has manchado todo de sangre suficientemente.
- Lo siento, señor, yo ya me iba - dijo George como si no hubiese paasado nada - pero esa gente quería hacer daño a Daisy, y me pareció que iban en serio. Pero yo ya me iba
- Hijo, eres un puto demente. Pero nos has salvado la vida.
Daisy estaba sentada en el suelo, con los ojos llorosos, manchada de sangre hasta arriba. En su vida había visto morir a nadie. Hoy habían muerto tres tipos delante suyo. Pero eso no importaba. Ese tipo, George, el pequeño Georgie del instituto le había salvado la vida. Se levantó. Le dio una bofetada a George. Y le comió la boca.
- George, me has salvado la vida -dijo ella, limpiándole un poco las manchas de sangre de la cara a George.
- Supongo, creo…
- Georgie, llévame a casa, estoy cansada y quiero lavarme un poco. Y quiero que lo hagas conmigo.
- Pero padre se enfadará conmigo si no vuelvo a la tienda… Bueno, qué más da.
Y George cogió una de las flores de plástico de la mesa, manchadas completamente de sangre de Dragón albino, y se la regaló a Daisy. Se sentía bien. En un día, había matado a tres tipos duros, había sido un héroe y por fin estaría con una mujer. A la mierda las plantas de su padre. George era un gran tipo. Era el bueno de George.
Dedicado a todas las prostitutas que alguna vez han decidido no cobrarnos. Eso es amor.