Llevaba incontables horas intentando abrir esos barrotes con sus encallecidas manos. Ya lo había probado con todas y cada una y ninguna de esas barras de acero que lo mantenían recluído había cedido ni un solo milímetro.
Desde pequeño sabía que estaba destinado a hacer algo grande. Recordó cuando era pequeño y cagaba entre los matorrales de maíz, y después su abuelo venía y le limpiaba el culo con la lengua mientras le acariciaba profusamente el perineo. Su destino era que todo el mundo le lamiera el culo y no estar encerrado en una celda podrida -pensó mientras se excitaba ligeramente. No quería tener que recoger ni una mazorca más.
Tras pensar en ello decidió que debía escapar como fuera y que no le quedaba más remedio que intentar partir una de esas barras que le recordaban al duro pene de su abuelito. Llevaba demasiado tiempo comiéndose la mierda de aquellos hombres que lo tenían encerrado. Sí, intentaría una última cosa.
Rezó todo lo que sabía y se encomendó a Dios mientras retrocedía para coger carrerilla, apuntó y agachó su cabeza. O uno de esos mugrientos barrotes decidía partirse o su hueso occipital lo iba a pagar caro. Tampoco sabía leer ni sumar, así que no le importaba.
Corrió, saltó y golpeó con un enorme estruendo. Lo siguiente que sabía es que había abierto los ojos en un bonito hospital entre dos hombres con batas relucientes.
Cuando dio por terminada su sesión de recuerdos, sabía que su destino estaba al alcance de su pulgar prénsil. Miró a toda aquella gente y comenzó su meeting entre los vítores del público.