Sir Ancelar jadeaba, al borde de la inconsciencia. La batalla contra el dragón había sido terrible: todos sus compañeros habían perecido en el combate. Thomeus el mago, Garrok el paladín enano, incluso el elusivo Jack Ratero. Todos muertos, abrasados por el ardiente fuego de ese maldito dragón. Solo él se había librado de la muerte gracias a su escudo mágico, y aun así no había logrado segarle la vida a ese lagarto del averno. Todo su grupo había sido aniquilado y él había escapado como un perro. Se engañaba a sí mismo diciendo que había sido para salvar la vida de Jaah Zin’torl, el joven esclavo que habían rescatado de las catacumbas. Pero no era la realidad. La realidad es que había huido cobardemente para vivir su miserable vida unos pocos años más.
Los dos avanzaban a trompicones por las laberínticas cuevas mientras oían los rugidos del dragón retumbando desde todas las direcciones. Sir Ancelar había recibido terribles quemaduras en su pierna y brazo derechos y solo podía andar con la ayuda del pequeño nativo, que había decidido aferrarse a su salvador hasta el final. Commovido por la inocencia del pobre chico, que no sospechaba que pudiera ser tan egoísta en realidad, decidió que debía sacarle de ahí a cualquier precio. Siguieron avanzando sin rumbo, oyendo en todo momento como ese enorme bastardo escamoso les acechaba como un gato que juega con un ratón antes de asestarle el golpe final.
Afortunadamente para ellos, pronto vieron literalmente la luz al final del tunel. Los pasos de Jaah fueron certeros y pronto la caverna se empezó a iluminar con los reflejos de los primeros rayos de sol. Justo cuando cruzaban el umbral de la cueva y se dirigían al endeble puente de madera que les separaba de la libertad, oyeron como retumbaba la voz del dragón a sus espaldas, más fuerte que nunca, y si se hubieran girado hubieran tenido oportunidad de verlo en todo su esplendor, furioso por ver como sus presas estaban a punto de lograr escapar. Sintiendo el peligro en sus nucas, Jaah Zin’torl y Sir Ancelar se dieron prisa y se dispusieron a cruzar, conscientes que el dragón era demasiado pesado y no tenía alas, y no les podría seguir al otro lado.
El puente era demasiado estrecho, así que Jaah pasó delante y Ancelar avanzaba a rancas sacando fuerzas de flaqueza de sus maltrechas extremidades diestras. Cruzaban deprisa, sin preocuparse por si el puente se iba a hundir bajo sus pies. Estaban desesperados y eran conscientes que necesitaban arriesgarse. Oían como los tablones crujían bajo sus pies, y avanzaban con la vista fija al frente, rezando para que esas maltrechas maderas pudieran sostenerlos el tiempo suficiente para cruzar.
Cuando Jaah ya había cruzado al otro lado, Ancelar tenía todavía unos 10 metros por delante y el puente todavía aguantaba, aun con los constantes crujidos. Resignado ante esa situación, el dragón rugió con todas sus fuerzas, consciente que sus presas habían escapado. Lleno de ira, escupió un chorro de fuego hacia sus víctimas. Estaban demasiado lejos como para que el fuego les alcanzaran, pero fue suficiente como para que la seca cuerda que mantenía el puente unido al lado de la cueva prendera como la yesca y el puente se soltara por un lado. Sir Ancelar tuvo reflejos felinos y logró agarrarse al puente, quedando suspendido a menos de 10 metros de la ladera, por encima de un gigantesco foso de lodo marrón burbujeante.
Incapaz de trepar por sí mismo debido a sus heridas, Sir Ancelar se resignó a morir y le gritó a Jaah que se marchara y lo dejara ahí. Al borde de la muerte, tenía que recuperar su honor de caballero como fuera. Pero el joven nativo no entendía su idioma, y ya había decidido aferrarse a su salvador hasta el último momento. Jaah se puso en cuclillas, con las manos agarrando fuertemente las toscas cuerdas del puente y echándose para atrás, enrojeciendo y conteniendo la respiración. No lograba que el puente cediera lo más mínimo. Ancelar estaba commocionado. Por qué el chico seguía intentando salvar a un cobarde como él? Debería sotarse para poder salvar la vida del chico, pero su mano no se soltaba. Tenía demasiado miedo a la muerte como para soltarse, incluso si eso significara una muerte heroica que le haría recuperar el honor perdido. Por qué el chico seguía intentando salvar a un cobarde como él? En un vano intento de conseguir pesar un poco menos, con la mano derecha soltó las piezas de la armadura que pudo para facilitarle el trabajo al chico. Logró su efecto: el chico consiguió subirlo un poco. Jaah Zin’Torl estaba completamente rojo por el erfuerzo, todos sus músculos tensados mientras tiraba de su héroe. Tiraba y tiraba, y Ancelar consiguió subir uno o dos metros. Sin embargo, tras unos pocos segundos de esfuerzo sus fuerzas cedieron y el peso de Sir Ancelar le precipitó hacia adelante, catapultándolo al interior del asqueroso foso de espeso lodo burbujeante. El caballero gritó su nombre con lágrimas en los ojos mientras veía como el joven nativo luchaba sin éxito por salir de ese viscoso mar marrón, hundiéndose cada vez más y entonces…
Jacinto despertó sobresaltado. No pudo evitar detectar un cierto olor a mierda en el aire.
- Me cago en Dios, no me digas que me he vuelto a cagar encima - exclamó, con voz ronca.