Por si es necesario aclararlo, en el título de este post hay un (2) porque es una segunda parte. Sería muy cómodo para los lectores que el autor pusiera un enlace directo a la primera parte, pero éste confía en la inteligencia de los seguidores de este blog y en que sabrán utilizar la maravillosa herramienta de búsqueda del mismo. Puede que descubran otras historias maravillosas e incluso que aumenten nuestro ranking en google!
El equipo de rescate entraró a la biblioteca a las ocho de la mañana. Era tal y como les habían dicho por radio, García y sus tres subordinados estaban muertos, sin duda víctimas de un asalto sorpresa. Como se temían, encontraron también el cuerpo de Gabriel Romero, en un estado horrible. Tenía las marcas en el cuello que sin duda le habían causado la muerte y su cuerpo parecía más delgado debido a la pérdida de sangre, pero lo que más llamaba la atención era cómo se habían ensañado con él después de matarlo. Tenía horribles heridas de bala por todo el cuerpo, pero lo más asqueroso era que su cara no estaba. Le habían arrancado los ojos y todos los músculos faciales, pero por la altura y la ropa se trataba sin duda del doctor Gabriel. El equipo de rescate se llevó los cinco cuerpos, con la esperanza que Jade Monterrey siguiera viva en alguna parte. No se dieron cuenta de la musculosa silueta que les espiaba entre las sombras de las vigas, desnuda y con la boca manchada de sangre.
Extraoficialmente, ese 12 de abril de 2028 el gobierno de España perdía toda esperanza de salir de la crisis. Todas las comunicaciones con el ministerio del Interior eran siempre positivas, y cuando se comunicó la voluntad del presidente de advertir a las naciones vecinas del peligro que suponía esa plaga, el mensaje se transmitió casi de inmediato. Sin embargo, nunca llegó respuesta ni de Francia, ni de Portugal ni de Marruecos. Probablemente nadie se lo tomaba demasiado en serio. Solo los chicos del laboratorio de Alcalá de Henares, aunque desolados por la muerte de su jefe y máximo investigador, siguieron buscando para encontrar cualquier pista del paradero de Jade Monterrey, la ayudante de Gabriel, la última persona que había estado con él y probablemente la única esperanza de sobrevivir a esta crisis.
E irónicamente, no podían estar más equivocados.
Una persona sensata habría pensado que la única esperanza a la plaga era la milicia popular tolosana. En los 8 años de historia de este ejército de poco más de 40 voluntarios, ninguno de los ejércitos del mundo había sido capaz de causarle una sola baja. Se formó poco después de la disolución oficial de la ONU, cuando Hans Kreuger fundó el IV reich y decidió recuperar el territorio que por derecho le correspondía (Francia). Como era de esperar, el ejército francés se rindió tras las primeras batallas perdidas. Mientras el ejército alemán marchaba triunfalmente hacia el sur, un grupo de inconformistas ciudadanos hijos de Tolouse hicieron un pacto con la industria armamentística y aeronáutica y lograron formar un frente irreductible al que llamaron “Neogalia”. Francia se reducía a las murallas de la ciudad de Tolosa, pero con tiempo y tecnología la milicia popular consiguió hacer retroceder al ejército de Kreuger hasta las antiguas fronteras francesas. Con este fracaso, el Führer se voló los sesos, dejando paso a un tembloroso Kanzler partidario de la paz y de la democracia. La milicia popular tolosana, sin duda, era en lo que una persona sensata pensaría para poner fin a esa crisis. Y Jade era, por supuesto, una mujer muy sensata.
Había pasado casi un mes desde ese 12 de abril de 2028 glorioso, y Jade se paseaba por los pasillos vacíos del ministerio del Interior. Ya llevaban cosa de un mes y medio en ese estado, vacíos, aunque por supuesto nadie aparte de ella se había dado cuenta. Ella era la responsable que el presidente pensara que se hacía todo lo que se podía, y que los países vecinos nunca se llegaran a enterar del peligro que suponía la plaga hasta que fuera demasiado tarde. Si conseguía mantener el engaño el suficiente tiempo, ni siquiera esos bastardos franceses podrían pararle a Él. Su vida había cambiado el día en que ese gordo hijo de puta de Jorge invocó “en broma” a Axxariel, un demonio menor de los círculos inferiores. De los cinco asistentes al ritual, Él elegió a Jade, le dio la plaga como herramienta y le encomendó matar a seis mil seiscientas sesenta y seis veces seis mil seiscientas sesenta y seis personas para preparar su venida. En el último mes, la plaga se había extendido a las comunidades autónomas circundantes, y al ritmo que iba la invasión, el infierno estaría en la tierra antes que los países vecinos se enteraran.
A su espalda, algo hizo que Jade se sobresaltara. Era un sonido de cristales rompiéndose. Se giró y lo que vio la dejó pálida. Era una figura humanoide completamente mecánica de un color azulado, aterrizando suavemente al suelo del pasillo. Jade gritó de rabia con los colmillos fuera y corrió hacia la figura con la velocidad de un lobo. Con toda la carrerilla, golpeó a la figura metálica con un puñetazo, y gritó de dolor cuando todos los huesos de su mano se rompieron. La figura no se movió ni un centímetro, hasta que decidió contraatacar. Simplemente flexionó el brazo y le golpeó la mandíbula, rompiéndole el pómulo y el cuello y lanzándola por los aires unos veinte metros. Jade cayó pesadamente al suelo, mirando hacia su espalda.
Sin embargo, dos segundos después se levantó, con todas las heridas curadas. No sabía qué hacía allí ese cabrón de la milicia tolosana, pero por muy poderoso que fuera solo era una persona corriente metida en un supertraje, y ella tenía a su favor su immortalidad. Ajeno a estos pensamientos, el soldado mecanizado extendió un brazo apuntándola con el dedo índice y un silbido surcó el aire. Jade notó un pinchazo en el estómago, seguido de un dolor desgarrador que la quemaba por dentro. Cayó al suelo ahogada por el dolor y observó el vapor rojo saliendo de la herida de bala de su vientre. Sin llegar a comprender cómo todo se había torcido de esa manera, murió entre terribles esertores.
Desde el tejado de una iglesia, Gabriel Romero contemplaba como el soldado de la milicia popular tolosana hacía su trabajo. Había fingido su muerte utilizando uno de los cadáveres de vampiros, había continuado la investigación hasta descubrir una manera de diferenciar a los vampiros de las personas normales mediante un visor electrónico y había informado personalmente a Tolouse para informarle con sus avances el día anterior. Observaba como el soldado se desplazaba como un cohete disparando inequívocamente a los vampiros y como estos morían horriblemente. Cuando el soldado acabó de despejar la zona, se fue hacia otro sitio. “Vaya,” pensó Gabriel “por muy guapo que sea el supertraje, dentro no deja de haber un francés”. Sacó su pistola de 10mm aún cargada con las balas santas que él mismo había fabricado en el laboratorio y de la puso en la sien. Él sabía mejor que nadie que no había vuelta atrás, pero aun así no podía dejar de sentirse satisfecho. Quitó el seguro y…
Jacinto abrió los ojos en su estrecha cama de estudiante. Había soñado como le disparaban a la barriga y le dolía muchísimo, pero ahora que había abierto los ojos el dolor continuaba. Suerte que esta vez se había despertado a tiempo. A trompicones y en la penumbra, fue hacia el lavabo, se bajó los gallumbos y se sentó en la taza. Apretó con fuerza y una sensación de paz le invadió mientras descargaba sus intestinos. Sin embargo, contra toda ley de la física, el truño no caía dentro del lavabo sino que se le pegaba a las nalgas y trataba de escalarle hacia la cintura como si fuera un caracol. Jacinto, extrañado por este suceso, se incorporó.
Y despertó, esta vez de verdad. Enfadado pero sereno, decidió dar media vuelta e intentar sintonizar con el primer sueño para ver como acababa. Ya no le importaba nada, ni siquiera ese apestoso hedor de la más pura y apetitosa MIERDA.
NOTA DEL AUTOR: este final es un gag recurrente, para más información pueden intentar leer todos los artículos de Lou Bega, y ya que están, todos los de los demás autores que también hacen lo que pueden. El autor también se ve en la obligación de decir que si a alguien no le gusta el final o no le parece adecuado el abuso que se hace del chiste “Manolo, despiértate que te estás cagando”, puede irse a eso, a cagar.