Mi vida ha dado un giro radical desde que cambié de empleo. De llevar traje y corbata, a llevar un apestoso mono que sería fosforescente si no fuera por la finagruesa capa de suciedad que lo cubre. Ahora trabajo 10 horas al día limpiando excrementos de vaca en un matadero. Suena horrible, pero lo peor de todo es que es verano y no hay aire acondicionado.
La gente no entiende por qué me fui voluntariamente a trabajar aquí. La verdad es que me tomaría un McFlurry con sabor a plutonio recubierto con minúsculas cuchillas, antes de volver a trabajar en una consultoría.